15 AÑOS DESPUÉS…

La mañana era tranquila, George W. Bush leía y escuchaba cuentos en una escuela primaria de Florida. De pronto, el jefe de empleados de la Casa Blanca se acerca sigilosamente y le susurra al odio: “Mr. President, America is under attack”. Su tez permanece tranquila, procura no mostrarse desalineado. (Tiempo después en una entrevista mencionaría que por respeto a los niños y a los padres de familia no podía dejarse caer bajo los efectos del pánico.) Termina el evento y rápidamente en rueda de prensa informa de los hechos: el World Trade Center ha sido víctima de un atentado terrorista. Eran las 9:30 de la mañana del 11 de septiembre de 2001, el día en el que la desconfianza comenzó a dominar la vida del mundo.

Ayer se cumplieron 15 años tras el fatídico atentado que tomó por sorpresa al planeta. Todos los años comparto la reflexión del evento que cambió la política internacional desde todos sus frentes. El 9/11 fue el punto de inflexión en cuanto al modo de vivir de millones de personas pero, a pesar de la gravedad del evento, siempre recibo críticas sobre el porqué comparto y le doy mucha importancia al atentado. Dicen que no vale la pena recordarlo ya que su argumento principal es que «todo fue una conspiración». Otros insisten con un simplismo abrumador y una frialdad posmoderna hacia la vida en que los autores fueron los terroristas y no tiene menor importancia recordarlo. Sin embargo, a mí en lo personal NO me importa NI quiero saber quién lo hizo, de nada sirve. Eso no modifica mi análisis de la situación, eso no altera la evidente falta de hermandad entre los pueblos ni la pérdida irreparable de la vida de más de 3 mil personas. Lo que me interesa es mostrar cómo la persona que lo hizo se olvidó del significado de humanidad, de fraternidad y solidaridad al destruir la esperanza de miles de individuos. 


Una década y media es poco para sanar todas las heridas que abrió aquel evento de terror y sus consecuencias no terminan de afectarnos. ¿Por qué? Porque no solo atacaron a Estados Unidos, atacaron la forma de vivir del mundo entero.


A partir de ese momento comenzó el cambio en la configuración de la sociedad estadounidense: se volvieron desconfiados, adictos al dios de la venganza. De pronto su burbuja de seguridad explotó y se sintieron, por primera vez en mucho tiempo, vulnerables. El ataque cumplió su objetivo y el terror invadió a cada uno de los hogares americanos, la sociedad dejó de sentirse segura: despertaron al gigante dormido y, desafortunadamente,  sigue en vela hasta el día de hoy. El gobierno americano no tardó en dar rienda suelta a los sentimientos de la sociedad y en pleno éxtasis del evento, todavía sin analizar los hechos con detalle, declararon ciegamente una guerra de venganza contra Afganistán y el terrorismo mundial.  Junto a ello impusieron medidas cautelares extremas en las fronteras y los vuelos. Impusieron alianzas con países para vigilar movimientos terroristas en territorios ajenos. La privacidad del mundo dejó de existir.

Existe una frontera psicológica entre el antes y después de 2001. El mundo no ha vuelto a ser el mismo desde entonces. Es por ello que debemos tener en cuenta el 9/11, debemos tratar de recordar cómo era el mundo antes de que la sociedad viviera en un estado enfermizo y latente de alarma. No estoy idealizando el tiempo anterior a 2001, todas las épocas tienen sus detalles oscuros, pero debemos tratar de recordar cómo la privacidad era todavía un derecho inalterable y ser miembro de la religión musulmana, del Islam, no significaba ser terrorista ni sufrir discriminación por tus creencias. Hoy en día el concepto del Islam ha caído en un desagradable cliché que permanecerá inalterable en la memoria colectiva del mundo tachando de criminales a millones de personas inocentes, víctimas de la propaganda.

No se puede comprender a la sociedad actual sin voltear a ver los hechos ocurridos aquel fatídico día. A quince años de sucedido, las repercusiones del martes 11 de septiembre de 2001 siguen latentes en la memoria de muchas personas, pues, es difícil olvidar los traumas de lo que la falta de humanidad puede lograr.

Cada aniversario de este trágico acontecimiento debe ser visto como una oportunidad de recordar al mundo que no se trata de culpar a un pueblo, gobierno o grupo armado por lo sucedido, independientemente de si realmente tuvieron algo que ver o no, ese no es el punto, porque, no importa quiénes hayan sido los autores de semejante tragedia, al fin de cuentas eran personas, eran seres humanos y olvidaron el significado de la palabra humanidad al traicionar a sus hermanos. Esa, y no el atentado en sí, es la verdadera tragedia que no se puede olvidar.

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Autor: Joseluis Gtz. Longoria

Economista egresado de la UANL Master en Finanzas Corporativas

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